Los costos invisibles del narcotráfico: el caso de Uruguay
Las redes criminales transforman la vida cotidiana de personas que, sin pertenecer a ellas, viven bajo su influencia. A partir del caso uruguayo, analizo los costos menos visibles del narcotráfico y la importancia de mitigar sus efectos sobre las personas y las comunidades.
Por Emiliano Tealde1

Dos personas en moto disparan contra una casa. Un hombre es asesinado en la calle con varios disparos por la espalda. Un joven muere por una bala perdida. Estas escenas podrían parecer episodios aislados de violencia, pero son la manifestación visible de cómo se ha consolidado el narcotráfico en Montevideo, la capital uruguaya.
Desde hace más de una década, Uruguay padece un crecimiento sostenido de violencia asociada al tráfico de drogas. Bandas locales se disputan el control de las zonas de venta en las ciudades del país, principalmente en su capital. La escalada de violencia acompaña el aumento de la producción mundial de cocaína —hoy en su máximo histórico—, que ha colocado al país como una notoria ruta de tránsito hacia Europa.
El narcotráfico no solo deja muertos, corrupción o balaceras. También transforma la manera en que funciona la vida cotidiana: desde jóvenes que abandonan la escuela, personas que dejan de desplazarse por la ciudad, hasta trabajadores que pierden oportunidades laborales por vivir en determinados barrios.
El narcotráfico no solo deja muertos, corrupción o balaceras. También transforma la manera en que funciona la vida cotidiana.
Lo que sucede en Uruguay no es nada que no hayamos visto antes. Tal vez lo ‘nuevo’ aquí sea el lugar. Los latinoamericanos solíamos asociar estas situaciones a los casos más paradigmáticos de Brasil, Colombia o México. Pero, en la búsqueda de nuevas rutas para llegar a los grandes mercados de destino, el narco se ha ido desplazando.
Uruguay ya es una pieza importante en la logística internacional del tráfico de drogas. Hasta hace poco uno de los narcos más buscados era el uruguayo Sebastián Marset. Ya había estado en la cárcel un par de veces, pero, con alguna controversia judicial de por medio, pudo salir en libertad. El 13 de marzo de 2026 fue capturado en Bolivia y extraditado a Estados Unidos.
El fracaso de la guerra contra las drogas

Durante la última mitad de siglo, varios países han estado enfocados en combatir el narcotráfico con medidas de reducción de la oferta que usualmente agrupamos en la ‘guerra contra las drogas’. A pesar de todos los recursos invertidos, a día de hoy tenemos picos de producción y consumo de cocaína a nivel mundial.
La demanda de drogas es inflexible —inelástica— como nos gusta decir a los economistas; variaciones en el precio no producen grandes cambios en las cantidades demandadas. En un mercado así, aunque se limite la cantidad disponible, se sigue comprando lo mismo sin importar el incremento del precio. El problema se agrava cuando el aumento del precio actúa como un llamado para que se sumen al negocio nuevos actores más arriesgados y, probablemente, dispuestos a enfrentar la guerra contra las drogas en busca de los elevados beneficios que brinda. Hay ciudades europeas, como Berlín, Copenhague o Zúrich, en las que el precio de un gramo de cocaína ronda los 80 euros.
La guerra contra las drogas fracasó, pero menos cuesta mantener una ilusión que reconocer un error.
Los costos ocultos del narcotráfico

El narcotráfico tiene costos muy visibles, como la violencia y la corrupción, y otros que no lo son tanto. Muchas veces son cosas que dejan de suceder porque la violencia lo impide. Estos costos son externalidades negativas, es decir, consecuencias sobre terceros no involucrados de la violencia asociada al narcotráfico. Sucede con la educación que pierden los jóvenes: la violencia asociada al narco perjudica el rendimiento académico de niños y adolescentes en Brasil y México, así como de adultos jóvenes, en el caso de México.
También hay evidencia de que en zonas donde crecen los beneficios relacionados a la plantación de coca con fines ilegales, aumenta el trabajo infantil, como en el caso de Perú, y que esos niños, cuando adultos, tienen una probabilidad mayor de terminar encarcelados por delitos relacionados al narcotráfico. En pocas palabras, entrar en contacto con el narcotráfico a temprana edad deteriora la educación para las actividades legales, mientras que “educa” para el mercado ilegal.
La violencia asociada al narcotráfico también altera la manera en que empleadores, trabajadores y empresas toman decisiones. Por ejemplo, Andrea Velásquez muestra que, en el contexto de trabajadores migrantes mexicanos, los hombres más perjudicados en sus ingresos son los trabajadores independientes, mientras que las mujeres dejan de trabajar.
También tenemos evidencia para El Salvador de que las bandas criminales pueden afectar a los trabajadores. Este trabajo muestra cómo quienes viven en zonas dominadas por el crimen organizado tienen peores resultados en el mercado laboral, en parte porque no pueden desplazarse en busca de opciones de empleo en la ciudad.
La demanda del mercado laboral también puede verse afectada por la violencia. Imaginemos dos candidatos idénticos postulándose a un empleo. Tienen experiencias similares, niveles comparables de productividad y perfiles parecidos. La diferencia es una sola: uno vive en un barrio asociado a la violencia narco y el otro no.

En mi investigación: Where You Live Matters: Drug Trade-Related Violence and Discrimination in the Labor Market, puse a prueba cómo reaccionan potenciales empleadores ante esa diferencia. Para hacerlo, envié distintos perfiles laborales a empleadores en Uruguay. Algunos candidatos residían en barrios donde es frecuente la violencia asociada al narcotráfico, mientras que otros vivían en zonas donde son más comunes los crímenes contra la propiedad. En el experimento, todos tenían exactamente el mismo perfil; lo único que cambiaba era su lugar de residencia.
Los empleadores demostraron estar menos dispuestos a contratar al candidato si residía en un barrio donde la violencia asociada al narcotráfico es costumbre. La discriminación desaparecía si el candidato al puesto laboral había finalizado la secundaria. Solamente tuvieron menos posibilidades en el mercado laboral los que vivían en un barrio asociado al narcotráfico y no terminaron la secundaria.
El efecto apareció solamente entre los empleadores más experimentados y no se debió a que percibieran diferencias en las capacidades de los candidatos.
Dos candidatos pueden tener la misma experiencia y productividad. Aun así, quien vive en un barrio asociado al narcotráfico tiene menos posibilidades de ser contratado.
Los resultados son consistentes entre empleadores con distintas creencias sobre el grado de exposición a redes criminales de los distintos tipos de candidatos. Si creen que los que residen en zonas asociadas a la violencia narco están más expuestos a redes criminales, son menos proclives a contratarlos.
Mitigar lo negativo
Una liberalización de drogas amplia, genuina y de gran alcance a nivel internacional está fuera de discusión en el corto plazo. Por eso, puede ser más productivo enfocarnos en medidas que mitiguen las consecuencias negativas del narco en la vida cotidiana que en la búsqueda de idealizadas soluciones definitivas.
Si la demanda del mercado laboral discrimina a quienes viven en barrios asociados al narco, podemos estar ante un círculo vicioso en el que los empleadores generan aquello que, aunque no necesariamente existe, temen.
Si quienes viven en barrios asociados al narco tienen más dificultades para ingresar al mercado laboral legal, los mercados ilegales pueden terminar siendo la única opción posible para este sector de la población.
En economía conocemos esto como una profecía autocumplida: una creencia nos lleva a tomar decisiones que hacen que la creencia se vuelva realidad. Los empleadores creen que un candidato es más peligroso por su lugar de residencia y esa creencia hace que efectivamente los de esa zona se vuelquen en mayor medida al narco.
En el contexto latinoamericano, por sus bajos niveles históricos de desigualdad y altos niveles de confianza entre la población, Uruguay resultó ser un laboratorio ideal para estudiar el impacto del narcotráfico sobre el empleo. Además, los efectos perversos del narco se hacen sentir desde hace relativamente poco tiempo. Ahora, resta conocer hasta qué punto los resultados hallados en este experimento de discriminación en el mercado laboral de Uruguay se mantienen en otros contextos. Esta agenda de investigación nos ayudará a tener una mejor comprensión del vínculo entre el narcotráfico y el empleo.

Mientras se avanza en esa dirección, los resultados ya advierten sobre la necesidad de reconocer y atender las barreras laborales que enfrentan quienes viven en territorios marcados por el narcotráfico. Ignorarlas no solo profundiza su exclusión, sino que puede crear condiciones para que el crimen organizado gane legitimidad entre las comunidades más afectadas.
Es necesario identificar grupos particularmente afectados, como jóvenes con bajos niveles educativos de barrios que sufren la violencia narco o que, por sus características, podrían sufrirla. Para estos grupos, es importante diseñar mercados y políticas que los habiliten a participar en empleos de calidad. La agenda para mitigar el daño hecho por el narcotráfico debe tener en cuenta las distorsiones que produce en el mercado laboral.
El narcotráfico tiene la indeseable virtud de asentar las condiciones para su reproducción. Aunque no hay acción que por sí sola elimine el narcotráfico y lo que genera, está a nuestro alcance plantearnos metas más realistas. Pensar en cómo organizarnos como sociedad para mitigar el problema, para que las consecuencias de la violencia asociada al narco dejen de ser parte central de lo cotidiano.
- Emiliano Tealde es profesor de la Universidad Católica del Uruguay y autor de la investigación Where You Live Matters: Drug Trade-Related Violence and Discrimination in the Labor Market. ↩︎